Alta en el Cielo - Texto Curatorial por Graciela Córdoba

 

¿Cuál es la historia aquí? ¿ la del ojo que mira?  algo busca o se busca en el viajero de su propio paisaje que no es verde, no es de llanura, no es de mar ni ríos, nada que sobresalga más allá de las tuscas, el monte, el polvaredal. Aún así…este es el lugar de la belleza más profunda; se desanda, se va procesando como por capas, descascarando, se huele en el humo, se percibe sin dejarse ver, pura profundidad y memoria.

  ¿y la de los niños, serios, sonrientes, transparentes?

 ¿la de las maestras, todas mujeres, todas jóvenes, mirando cumplirse sus vidas junto a los niños, su dìa a día en el monte? ¿ y por qué suena a tristeza y condena dicho así?

 La escuela rural de Villa La Punta y la de San Pedro de Choya son de las más antiguas de nuestro país. Antes que se pensara un país desde la escuela pública ya existió escuela en Santiago del Estero.

Mas también los bisabuelos, los tatarabuelos de los niños probablemente hayan estado allí,  en unos pocos es todavía visible la presencia del extranjero…

Los niños son de todos nosotros, son de esta cultura de la que todavía poco sabemos,  nos están diciendo en lo que los une, el delantal blanco y otros iconos  de la educación pública argentina. Es lo que los hace reconocibles para nosotros, les da un aire de pertenencia.

Hay varias historias perceptibles, hay una noción evanescente tanto para el que mira como  para el que se sienta invitado, de la fuerza, de la tangibilidad, de la propiedad de este reunirse en una escuela. Se advierte desde el contacto sin miedos la fortaleza que ayuda a crecer, que da sentido a las vidas, que dibuja sonrisas y seriedad.

Puras preguntas, puros acercamientos en rodeo a la transparencia en las miradas y los gestos,  uno no sabe qué dicen los ojos y las sonrisas de los niños, sólo sabe responder porque se siente invitado. Ni qué hablar, toda propuesta es aceptada, entra, cabe en los ojos confiados.

Y el día o los días pueden transcurrir en ese tiempo propio que se arma cuando los niños nos permiten estar en sus círculos de juego, de trabajo, de dibujo. Ese es un tiempo sin nombre construido en un día a día después de caminar o llegar a caballo, también un tiempo otro.

Nada puede decirse de ese tiempo ritual y mitológico, tampoco quedamos afuera una vez que hemos participado, al menos habremos aprendido a entrar sencillamente en la ronda y jugar un juego de todos. Espacio de todos y de cada uno.

Graciela Córdoba


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